El sueño de tener un restaurante propio nació temprano en el corazón de Irizel Carvalho, una mujer colonense decidida, que entendió que cocinar no solo era su pasión, sino también su camino para estar más cerca de sus hijos y de su comunidad. Tras años de trabajo en una panadería en la ciudad de Panamá —donde aprendió sobre ventas, administración y gestión— Irizel tomó una decisión valiente: regresar a su tierra para dar vida a su propio proyecto.
Con el respaldo de su liquidación laboral y un préstamo de su hermana, en 2014 abrió las puertas del Restaurante Doña Cruz, un homenaje cargado de amor hacia su madre y a las mujeres luchadoras de su familia. Desde entonces, el restaurante se ha convertido en un símbolo de perseverancia, tradición y sabor colonense.
A lo largo de los años, no han faltado los retos. Pero el esfuerzo conjunto y el espíritu familiar han sido la clave para mantener el restaurante firme y con identidad. Hoy, Doña Cruz funciona como una verdadera familia laboral: la comadre de Irizel apoya en la administración, su hijo se encarga de las entregas a domicilio, y Ginella, una cocinera con talento natural, lleva la esencia del sabor colonense a cada plato.
El restaurante es un reflejo vivo de la generosidad de su fundadora. Su menú cambia a diario, con el objetivo de ofrecer siempre algo nuevo a sus clientes fieles, como una forma de agradecimiento y conexión con quienes los han apoyado desde el inicio.
Entre los platos que más celebran los comensales se encuentran el tradicional One Pot, el sabroso Buco —una mezcla poderosa de arroz con pollo, cerdo, panceta y chorizo—, el bacalao con puré de guineo verde, las torrejitas de bacalao y bebidas naturales como el refrescante saril con piña.
Con los pies firmes en Colón y la mirada puesta en el futuro, Irizel y su equipo sueñan con llevar Doña Cruz a la ciudad de Panamá, sin perder nunca esa sazón con alma que los distingue. Porque cada plato que sale de su cocina no solo alimenta: cuenta una historia de lucha, amor y orgullo colonense.